La psicología explica por qué las presentaciones deben terminar en alto

Y por qué no es recomendable agradecer las contribuciones al final de la charla.

Creo que coincidiréis conmigo en que una presentación siempre debe terminar en alto. La idea es que la audiencia se lleve una buena impresión de la charla y, aunque en algunos momentos baje la intensidad, el final debe ser bastante potente. Una buena forma de terminar es con una conclusión, un mensaje que llevarse a casa, una cita célebre o una llamada a la acción que movilice a la audiencia.

Por ejemplo, en las charlas que doy sobre el uso de las emociones en las presentaciones orales, suelo terminar con una cita de la escritora y activista estadounidense Maya Angelou. Es una cita que resume el contenido de mi charla y que deja un buen recuerdo. Maya Angelou decía que la gente olvidará lo que le dijiste, la gente olvidará lo que hiciste, pero la gente nunca olvidará cómo la hiciste sentir. Esta es la diapositiva que duelo usar.

Pero, ¿por qué tanto interés en terminar en alto? ¿Por que es tan importante? En mis cursos, suelo decir que lo último que se dice en una charla es de las cosas que mejor se recuerdan, junto con aquello que se dice al comienzo, lo que se repite varias veces y lo que se dice de una manera que llame la atención. Por tanto, para conseguir una charla efectiva es imprescindible que lo último que se diga sea algo relevante y no algo sin importancia. Por eso, después de la conclusión o la frase célebre, uno solo debería decir “muchas gracias” y callar, porque cualquier cosa que se diga después será lo último.

Podemos ver ejemplos de la importancia de un buen final en el cine. Uno de los más paradigmáticos es el final de Titanic (1997), probablemente una de las películas románticas más emblemáticas de los 90. Al final de la película, cuando el barco se hunde, se da la disyuntiva de que solo uno de los protagonistas se puede salvar porque los dos no caben en la tabla de madera. No solo cabían, según reconoció el director de la película James Cameron, sino que Jack podría haber encontrado otra forma de sobrevivir en lugar de dejarse morir. Otro ejemplo, es el final de Superman (1978), en el que el superhéroe le da la vuelta a la rotación de la Tierra para retroceder en el tiempo… probablemente matando a toda la humanidad con ese gesto. También es cutrísimo el final de Indiana Jones y la Calavera de Cristal (2008)… ¿Extraterrestres en una película de Indiana Jones? ¿De verdad?

Muchas veces me preguntan si es conveniente mencionar o agradecer al final de la charla a las personas que han contribuido al trabajo que se ha mostrado en la charla. Esto ocurre sobre todo en las conferencias científicas, en las que incluso se suele poner al final una diapositiva con los nombres e incluso las fotos de las personas que han colaborado en la investigación que se ha presentado. Para muchos científicos, una charla no termina sin esos agradecimientos.

Yo reconozco que prácticamente cualquier trabajo científico es consecuencia de contribuciones de varias o incluso muchas personas, pero siempre digo que no se debe agradecer, salvo excepciones, y nunca al final. Una excepción es, por ejemplo, si el ponente está explicando cómo resolvió un problema y una o varias personas contribuyeron de forma esencial. En ese caso sí debería nombrarla(s). Pero, como digo, es una excepción, y nunca debería hacerlo al final de la charla. No solo porque la audiencia no tiene el menor interés en saber quiénes son los colaboradores del ponente (no han asistido a la charla para eso) y siempre hay que pensar en la audiencia, sino porque no deberíamos dejar para el final algo que no es relevante para el objetivo de la presentación.

El argumento de que uno recuerda mejor lo último que ha escuchado o experimentado, ha sido explicado por la psicología. A principios de los 90, Donald Redelmeier, investigador de la Universidad de Toronto, y Daniel Kahneman, de la Universidad de Princeton, llevaron a cabo un experimento sobre este asunto 1. Redelmeier y Kahneman estudiaron los grados de dolor que percibían unos voluntarios cuando eran sometidos a una colonoscopia. Hoy en día, este procedimiento médico se realiza bajo anestesia, pero eso no era así en el pasado. Los investigadores pidieron a los voluntarios que indicaran el nivel de dolor que iban experimentando de 0 a 10, siendo 0 la ausencia de dolor y 10 un dolor insoportable. Los procedimientos tuvieron diferente duración para los distintos voluntarios, siendo 4 minutos el más rápido y 69 minutos el más lento. Al terminar, pidieron a los pacientes que estimaran la “cantidad de dolor” que habían soportado, esperando que realizaran un cálculo aproximado del área bajo la curva, como se puede ver en el ejemplo la figura, en la que se representa el resultado ficticio de dos de esos voluntarios (A y B). El área bajo la curva tiene en cuenta la intensidad de dolor y el tiempo que se ha sufrido.

Áreas bajo la curva del grado de dolor sufrido por dos voluntarios sometidos a colonoscopia. Los datos son ficticios, basados en el estudio de Redelmeier y Kahneman.

Parece evidente que el voluntario B (azul) ha sufrido mayor cantidad de dolor durante la colonoscopia porque alcanzó picos máximos de dolor de 8 puntos en la escala, igual que el voluntario A (rojo), pero durante más tiempo (70 minutos frente a 40 minutos). Por tanto, el área bajo la curva (la parte coloreada), que mide la cantidad de dolor, es mayor para el paciente B (azul) que para el A (rojo). Sin embargo, los investigadores se sorprendieron al encontrar que el paciente B refería haber sentido menos cantidad de dolor que el A. Según Redelmeier y Kahneman, esto se debe a que a la hora de recordar el dolor sufrido, las personas no tenemos en cuenta el factor tiempo, así que no estimamos el área bajo la curva, sino que damos mucha más importancia a los picos de dolor y al recuerdo que tenemos de éste. Puesto que el paciente A sufrió más dolor al final de su colonoscopia, tenía un peor recuerdo que el paciente B.

Redelmeier y Kahneman hicieron otra prueba que sustenta esta teoría 2. En este experimento, los investigadores pidieron a voluntarios que introdujeran una mano en un recipiente con agua a 14ºC durante 60 segundos. La temperatura del agua era lo suficientemente fría para que causara algo de dolor, pero no tanto para que fuera insoportable. Después de secarse la mano y de esperar 7 minutos, les pidieron que introdujeran la otra mano en el mismo recipiente. De nuevo, tuvieron que soportar el dolor durante 60 segundos con el agua a la misma temperatura. A continuación, y sin sacar la mano, se introdujo un poco de agua caliente en el recipiente, que hizo subir la temperatura un solo grado, de manera que los voluntarios notaron un ligero alivio en el dolor, aunque el agua seguía estando fría. Esas condiciones duraron otros 30 segundos. Finalmente, pidieron a los voluntarios que volvieran a introducir una mano en el agua fría, pero en esta ocasión, ellos podían elegir qué mano introducían y en qué condiciones: 60 segundos a 14ºC o 60 segundos a 14ºC más 30 segundos adicionales a 15ºC. El 80% de los sujetos eligió la segunda opción a pesar de que implicaba 30 segundos más de dolor más suave sumados a los 60 de dolor más agudo. De nuevo, su decisión ignoraba el tiempo que habían sufrido dolor y se basaba en el recuerdo.

Ver las imágenes de origen

El mismo resultado se ha observado en animales cuando son sometidos a sensaciones de placer. En un experimento clásico se colocaron electrodos en el cerebro de ratas que les proporcionaban un intenso placer 3. Los animales podían aprender a proporcionarse placer a sí mismos presionando una palanca. Algunos de ellos eran incapaces de interrumpir esa acción y terminaban muriendo por inanición. De nuevo, se observó que lo importante era la intensidad del placer y no su duración, puesto que las ratas que mayor interés mostraban por la auto-estimulación eran las que recibían impulsos más intensos y no las que los recibían por más tiempo.

Así pues, parece que influye mucho más la intensidad del estímulo que el tiempo que lo experimentamos en el recuerdo que tenemos de aquello que nos hace sufrir o nos agrada. Aplicando esta teoría a la oratoria, podríamos deducir fácilmente que el recuerdo que tenemos de una charla no dependerá tanto del tiempo que haya durado, sino de cuánto de intenso ha sido el placer de escuchar al ponente o cuánto lo hemos sufrido. Pero sobre todo, influirá qué es lo último que hemos escuchado.

En su libro “Pensar rápido, pensar despacio”, Daniel Kahneman cuenta la anécdota de una persona que estaba escuchando una conferencia suya sobre este tema. Esa persona contó que había estado escuchando una extensa sinfonía en un disco de vinilo que estaba rayado al final. Durante 40 minutos había disfrutado de la música, pero al final, el reproductor produjo un ruido espantoso que le arruinó toda la experiencia. Según su recuerdo, el conjunto de la experiencia había sido desagradable y no tuvo en cuenta el placer que había sentido durante el tiempo anterior.

La moraleja es que un mal final puede arruinar completamente una fantástica charla y que, por tanto, tenemos que prestar especial atención a lo último que digamos porque va a tener un efecto decisivo en la impresión que nuestra presentación deje en la memoria de la audiencia.


Referencias

  1. Redelmeier DA, Kahneman D. Patients’ memories of painful medical treatments: real-time and retrospective evaluations of two minimally invasive procedures. Pain. 1996;66(1):3-8
  2. Kahneman D, Fredrickson BL, Schreiber CA, Redelmeier DA. When More Pain Is Preferred to Less: Adding a Better End. Psychological Science. 1993;4(6):401-405.
  3. Shizgal P, Conover K. On the Neural Computation of Utility. Current Directions in Psychological Science. 1996;5(2):37-43.
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