En febrero de 1791, un barco llamado L’amiable Maria, que transportaba esclavos desde Estambul, atracaba en el puerto de Alejandría, en aquella época perteneciente al Egipto otomano. Lo que no sabía su capitán es que, además de famélicos esclavos, transportaba un pasajero no deseado, la bacteria Yersinia pestis, que iba a dar lugar a una de las peores plagas de peste de la historia de Egipto. Así comienza una historia que termina con el primer artículo científico sobre aceite de oliva y salud.

Realmente, no está claro que el brote de peste de 1791 en Egipto se iniciara por el desembarco en Alejandría de los esclavos transportados en aquel barco o solo contribuyó a una epidemia que ya se había generado. 1. De todos modos, es muy posible que la de 1791 llegara por vía marítima, dado que todas las semanas arribaban a los puertos de Alejandría y Rosetta centenares de barcos procedentes de todos los rincones de Asia y de muchos países de África 2. Uno de ellos era el L’amiable Maria.

El mercado de esclavos de El Cairo, Egipto. William Jamen Müller (1812-1845).

Según algunas crónicas, al atracar en Alejandría, algunos de los esclavos ya habían muerto y el resto fueron trasladados a El Cairo, donde fueron adquiridos por Ismail Bey al-Kabir “El Grande”, emir del Egipto otomano en la época, para su ejército de mamelucos. El propio emir, al igual que decenas de líderes egipcios, se contagiaron y murieron por la peste, que se extendió por todo el país. Las mismas crónicas afirman que morían dos mil personas todos los días y que la enfermedad no distinguía edades, sexos, cargos o posición social.

Por supuesto, la causa de la peste se desconocía y las medidas preventivas consistían en evitar el contacto con los enfermos y la cuarentena. La de 1791 en Egipto era peste bubónica y no era extremadamente contagiosa. Se conocían casos de personas que vivían en la misma vivienda e incluso que dormían junto a enfermos pero no se contagiaban. Además, la peste bubónica no era tan mortífera como la neumónica o la septicémica.

En esa época, residía en Alejandría el inglés George Baldwin, Cónsul General del Reino Unido en Egipto. Baldwin fue comerciante y desarrolló casi toda su carrera en Egipto, donde estableció valiosos vínculos comerciales para la Compañía de las Indias Orientales, negociando con los gobernadores otomanos. Sin embargo, fue incomprendido en su país de origen, probablemente debido a sus métodos, como veremos más adelante.

George Baldwin en 1780
George Baldwin en 1780. Fuente: Wikimedia Commons

Aunque no era médico ni científico, Baldwin era muy curioso por naturaleza y dedicó gran interés al estudio de la transmisión y tratamiento de la peste de 1791. Gracias a sus observaciones, dedujo que la peste no se transmitía por el aire ni a través de los enjambres de insectos que se criaban en aguas estancadas, sino que solo se transmitía por contacto. No obstante, el contacto no tenía por qué ser directo, ya que observó que las personas sanas podían acercarse hasta cierta distancia, pero no más allá, sin contagiarse. Desafortunadamente, no fue capaz de medir esa distancia.

Algo que obsesionaba a Baldwin era la causa de la enfermedad. Tenemos que recordar que aunque en esos tiempos Van Leeuwenhoek ya había visto «animáculos» en el agua empleando su microscopio y que Eugenio Espejo había relacionado los microoganismos con la viruela, la microbiología como tal ciencia aún no había nacido (Pasteur tampoco, claro). Baldwin carecía de conocimientos científicos y la teoría de que los microorganismos pueden causar enfermedades no se había extendido, así que sus planteamientos sobre la causa de la peste fueron por otros derroteros, mucho más peregrinos, empleando para ello la lógica en función de lo que veía. En primer lugar, consideró que la peste era una efervescencia de los humores del cuerpo (sangre, fluidos nerviosos o todo en conjunto), que se evidenciaban por tumores inflamados en la piel (bubones). Si la efervescencia era superior a lo que el cuerpo podía aguantar, el paciente perecía. Pero ¿de dónde procedía esa efervescencia? Baldwin sabía que al mezclar ácidos con álcalis se producía una efervescencia en el medio. Por tanto, concluyó que la peste era causada por un ácido y la mayor o menor malignidad de la enfermedad dependía de la fuerza de ese ácido.

Por otro lado, Baldwin pensó que la enfermedad pasaba de paciente a paciente del mismo modo que las chispas eléctricas. La electricidad viaja por el aire de un cuerpo a otro para restablecer un equilibrio entre la carga del primero y la del segundo. También se planteó que las chispas abandonan el cuerpo cuando está saturado de electricidad o bien si tienen afinidad por otro cuerpo. Puesto que tanto la naturaleza de la electricidad como la de los ácidos es inflamar, es decir, producir llama o calor, Baldwin consideró la posibilidad de que el fluido eléctrico tuviera naturaleza ácida. Además, planteó que las materias grasas tenían un papel importante en la transmisión de la enfermedad puesto que la llama tiene predilección por la grasa. Por tanto, aquello que genere la llama no debería tener aversión a los ambientes oleosos. En el caso de la inflamación provocada por la peste, la causa de la llama serían los ácidos.

Pero Baldwin no se basaba solo en su lógica. Necesitaba reforzarla con experimentación. Para ello diseñó el siguiente experimento. Puso algo de aceite de oliva en un vaso de cristal y sobre él, a media pulgada de distancia (algo más de 1 cm), un limón maduro, como fuente de ácido. Al cabo de unas horas, pudo apreciar gotas de limón bajando por la pared del vaso hacia el aceite y mezclándose con él. En unos ocho días, casi todo el jugo del limón se había agotado y se había mezclado con el aceite. Repitió el experimento varias veces y siempre con éxito, aunque los tiempos de extinción del limón variaban en función de su tamaño y grado de maduración. Baldwin concluyó que el ácido tenía una fuerte predilección por el aceite, hasta el punto de estar dispuesto a abandonar su cuerpo original, el limón, con tal de mezclarse con él.

Una vez demostrada la afinidad de los ácidos por el aceite, Baldwin se dispuso a probar que el aceite era capaz de eliminar la causa de la peste de los enfermos y, por tanto, curar la enfermedad. Su oportunidad surgió cuando un vecino se lamentó de que un amigo suyo había contraído la peste. Baldwin le recomendó que lo ungiera con aceite de oliva. El vecino no lo hizo y y su amigo empeoró. Ante la insistencia de Baldwin y que el amigo estaba en las últimas, el vecino terminó por emplear el remedio. Al día siguiente, el enfermo se encontraba mejor aunque tenía un gran tumor en una ingle. No obstante, al cabo de ocho días de tratamiento, el tumor supuró y el paciente se recuperó completamente. A través de otros casos similares, Baldwin confirmó su teoría de que la causa del mal se debía a un ácido, que éste viajaba de cuerpo en cuerpo como una chispa eléctrica y que el aceite de oliva era capaz de retirar el fluido ácido del organismo. Los siete casos que Baldwin trató con aceite de oliva se curaron. Sin embargo, algunas de las personas que rechazaron la unción fallecieron.

Aunque Baldwin estaba convencido de su teoría, pensó que necesitaba más pruebas para persuadir a otros. Además, ¿y si el aceite de oliva era eficaz también para tratar otras enfermedades de tipo inflamatorio como la picadura de un escorpión? En su siguiente experimento, dejó que un escorpión picara a cinco ratas, una a una. La primera se hinchó hasta casi morir. Entonces vertió un poco de aceite de oliva sobre su cuerpo y la rata se curó en minutos. En cambio, a la segunda rata no le vertió aceite y murió. Repitió el experimento con las otras ratas, obteniendo los mismos resultados, lo que confirmaba su hipótesis.

Al tratar los cuerpos de los enfermos de peste con aceite de oliva, Baldwin apreció una producción de espuma y un siseo, lo que atribuyó a que el ácido estaba escapando del cuerpo gracias al aceite, como ocurre en las fermentaciones. Es más, en sus textos Baldwin cita a Newton: “hay un ácido en todas las fermentaciones”, pero extiende la proposición por su cuenta a “como dirá el mundo conmigo, no hay fermentación sin un ácido”. Tenía aires de grandeza el Cónsul británico.

Baldwin recomendaba ungir todo el cuerpo con aceite de oliva puro en cuanto aparecían los primeros síntomas de la peste, ya que a pesar de que la doctrina de este remedio parecería aplicable especialmente a la parte donde el trastorno provoca los bubones, podría ser fatal esperar a que estos se formen. Además, estaba seguro de que quien se mantuviera ungido con el aceite, se salvaría de la infección, aunque sobre esto no tenía prueba alguna.

Sin embargo, Baldwin seguía sin tenerlas todas consigo y necesitaba pasar a una nueva fase de su estudio: probar el remedio en un mayor número de enfermos. Con ese fin, a mediados de 1792 envió su receta a Fray Luis de Pavia, un monje de los Hermanos Menores Observantes Reformados, una orden descendiente de los franciscanos. Fray Luis era el director del Hospital de San Antonio de Esmirna, en Turquía. El monje trató con aceite de oliva a varios enfermos y llegó a la misma conclusión que Baldwin, habiendo observado la curación de más de 50 personas, incluyendo niños. Es cierto que algunos de los ungidos murieron de todos modos, pero el monje lo atribuyó a que el tratamiento no se hizo a tiempo o no se hizo con la precisión necesaria. El propio monje afirmaba que se contagió y se curó gracias al tratamiento. Las observaciones de Fray Luis de Pavia fueron corroboradas por Eleazar d’ Ayan Veneto, médico asistente del mismo hospital y por Anthony Hayes, cónsul británico en Esmirna.

Hospital de apestados por Francisco de Goya. 1808-1808. Fuente: Wikimedia Commons.

A finales de 1792, Fray Luis avanzó en sus investigaciones con un pequeño estudio restrospectivo, realizado entre porteadores de aceite de oliva, que siempre estaban impregnados de él debido a su trabajo. El jefe de los porteadores declaró que no había perdido a ningún porteador debido a la enfermedad ni tampoco en la epidemia anterior.

Un año después, Fray Luis envió sus observaciones a George Baldwin para que tuviera constancia de los resultados obtenidos, junto con su agradecimiento más sincero. Además, relataba la aplicación del aceite de oliva a otros enfermos, como los de gota y de lepra y el caso de una niña a la que un armenio le curó un tumor en el labio que estaba a punto de ser operado por médicos europeos. Durante los años siguientes, Fray Luis continuó realizando observaciones sobre el efecto del aceite de oliva en los pacientes de peste, registrando todas ellas, junto con los testimonios de otras personas, en su libro Observaciones sobre un Nuevo Tratamiento contra la Peste Encontrado por George Baldwin.

Primera página de las «Observaciones sobre un Nuevo Tratamiento contra la Peste Encontrado por George Baldwin» de Luis de Pavia.

En sus Observaciones, Fray Luis de Pavia recoge otros usos del aceite de oliva para la salud, que encuentra en la literatura, como por ejemplo, como remedio para la picadura de serpientes, escorpiones, lagartos, avispas, sanguijuelas, hormigas y moscas, según el Manual Médico del doctor alemán Johann August Unzer (1789). Además, Unzer recomendaba aceite de oliva para la cura de las heridas venenosas causadas por la mordedura de perros furiosos, así como lobos, gatos, gallos, patos, etc. También para las quemaduras, y al parecer para dolencias del riñón ya que reduce la inflamación y provoca la emisión de orina.

En 1796, El Conde Leopoldo de Berchtold (bisabuelo de Leopold Berchtold), estaba de viaje en Turquía y coincidió con Fray Luis de Pavia en Esmirna, quien le hizo partícipe de sus descubrimientos. Berchtold se entusiasmó hasta tal grado que distribuyó las recetas de Baldwin en el Hospital Griego de Constantinopla y las mandó traducir al griego, turco y armenio, entre otros idiomas. Además, manifestó por carta a Baldwin que pretendía extender el conocimiento de la eficacia del aceite de oliva contra la peste en el Levante, Berbería y los países europeos que tienen relaciones con estas regiones. Para llevar su plan a la ejecución, entregó una transcripción de las instrucciones de utilización del aceite de oliva según Fray Luis, así como certificados de los cónsules al Emperador Francisco II (último Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico) y le propuso hacer cumplir el uso de aceite de oliva en sus dominios.

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/f/f7/Leopold_Berchtold_z_Uhercic_1862.jpg
Conde Leopoldo de Berchtold, circa 1800.

Pero lo más importante es que el conde hizo imprimir 6.000 copias de las instrucciones en italiano y los certificados para distribuirlos por todo el mediterráneo occidental, llegando hasta las costas españolas e incluso a Lisboa, así como por el mediterráneo sur (Tánger, Tetuán, Túnez, Tripoli) y el oriental (Damasco, Aleppo).

Efectivamente, las instrucciones de Fray Luis fueron publicadas en italiano en Viena en 1797 bajo el título “De los nuevos remedios curativos preservativos contra la peste, actualmente utilizados con gran éxito en el Hospital de S. Antonio en Esmirna, recopilado en esa ciudad y sacado a la luz por el Conde Leopoldo de Berchtold, Caballero de la Orden Militar de Santo Stefano en Toscana.” El documento contiene certificados de los cónsules y vicecónsules alemanes británicos.

Además, Berchtold envió el panfleto en alemán e italiano a la Royal Society para su publicación. En una carta a Baldwin, Berchtold afirma que la revista The English Annals of Medicine recogió en 1797 un relato circunstancial de su descubrimiento, mencionando que fue presentado a la Real Academia de Lisboa, y que el panfleto había sido traducido al portugués, francés y árabe por dicha Academia. A medida que la receta del remedio se extendía por Europa, llegaban noticias de más curaciones para todo tipo de dolencias. Por ejemplo, el doctor Fothergill de Bath (Inglaterra) frotó con aceite de oliva el cuerpo de un niño de 6 años que padecía de fiebres tifoideas y en pocos días, los síntomas desaparecieron. Sin embargo, no bien el niño se había curado, la madre comenzó a manifestar signos de la enfermedad. El procedimiento tuvo éxito también en ella.

En 1801, un tal Dr. Scheel (probablemente Dr. Paul Scheel) publicó un artículo títulado “Observaciones sobre la eficacia del aceite de oliva para prevenir y curar la plaga” en la revista The Medical and Physical Journal, que se había fundado solo dos años antes 3. El Dr. Scheel había tenido acceso al descubrimiento de Baldwin y decidió enviarlo para su publicación. El artículo resume los efectos de las fricciones con aceite de oliva frente a la peste pero, añade algunos comentarios de cosecha propia. Por ejemplo, cita a Miratori, según el cual, el calor impide el contagio de la peste, razón por la que los trabajadores de la fábrica de vidrio de Murano se libraron de la que asoló Venecia en el s. XVI. Añade, además, que todo lo que prive al cuerpo de su envoltura untuosa natural, abre un camino a la infección. Advierte, por tanto, de que el lavado con jabón en tiempos de plaga promueve la infección. Scheel reflexiona sobre la utilización de otras grasas distintas del aceite de oliva, que según él, podrían cumplir la misma función, como la cera o esperma de ballena. Hoy en día, ese artículo está recogido en la base de datos Medline, de la Biblioteca Nacional de Medicina de los Estados Unidos, y es posible que sea el primer artículo sobre aceite de oliva y salud, publicado en una revista científica.

Primera página de las “Observaciones sobre la eficacia del aceite de oliva para prevenir y curar la plaga” en la revista The Medical and Physical Journal 1801, publicado por el Dr. Scheel.

¿Y qué fue finalmenete de George Baldwin? Lo cierto es que no terminó demasiado bien. En 1793, solo dos años después de sus experimentos con el aceite de oliva, fue depuesto de su cargo y en 1796, frustrado, abandonó El Cairo. Primero se estableció en Florencia y después en Nápoles. Mientras sus descubrimientos se publicaban en The Medical and Physical Journal, Baldwin regresó a Londres. Antes de ser trasladado a Egipto, Baldwin se había interesado por los efectos curativos del magnetismo en el inconsciente y a su regreso a Inglaterra en 1801 continuó sus estudios. Sin embargo, la magnetoterapia ya era considerada una pseudociencia y, aunque publicó varias obras sobre el tema, Baldwin fue ridiculizado y quedó sumido en el ostracismo. Murió en 1826 en Londres.


Edito:

Me han preguntado si realmente el aceite de oliva tenía algún efecto. La verdad es que no lo podemos saber con los datos que tenemos porque la investigación no se hizo como debiera. Yo, al menos no tengo ninguna explicación. De hecho, creo que no la hay. No creo que el aceite tuviera ningún efecto. Solo era la voluntad de creerlo. Fray Luis reconoce que algunos se morían, pero lo atribuía a que se había hecho mal el tratamiento. Por eso, las investigaciones científicas tienen que seguir el método científico.


Referencias

La alucinante historia detrás de primer artículo científico sobre aceite de oliva y salud
  1. Mikhail A. The Nature of Plague in Late Eighteenth-Century Egypt. Bull. History Med. 2008;82:249-275
  2. Raymond. “Les Grandes Épidémies de peste au Caire aux XVIIe et XVIIIe siècles. Bull d’Études Orient 1973;25:203–210
  3. Scheel. Observations on the Efficacy of Olive Oil, for Preventing and Curing the Plague. Med Phys J. 1801;6(31):247-251
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JSPerona


Soy Científico Titular del CSIC y profesor asociado de la Universidad Pablo de Olavide. Me gusta investigar, la docencia y la divulgación, así que hago lo que puedo para dedicarle tiempo a las tres. Además, soy un apasionado de las presentaciones e imparto cursos para ayudar a otros a que sus presentaciones sean más eficaces.


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